jueves, 8 de mayo de 2008

La conversión

Por primera vez en su vida, Driano estaba angustiado. El siempre había logrado todas sus metas, obtenido todo lo que deseaba. Pero ahora ¡Cuán impotente se sentía! No podía hacer nada para curar a dos seres que tanto quería y que estaban en peligro de muerte

Cuando el telegrama le informó que su señor padre, el senador puneño Andrés Cáceres estaba enfermado de gravedad en la ciudad de Lima, unos minutos antes había dejado la cama de su hijo que estaba luchando con la fiebre.

No podía dejar por mucho tiempo a su hijo en esas condiciones
Era hijo único tenía que cuidar de su padre y no podia descuidar a su hijo.

La distancia era un obstáculo, pero con su poder y relaciones lo superaría, como siempre. En contacto con USA, contrató el avión que lo llevo a Lima pero al ver la condición en la que estaba su padre decidió llevárselo a la casa de Puno. El mismo día y en el mismo avión regreso con su padre a Puno.

Como siempre, había hecho todo lo posible, había usado todo su poder, con el que resolvía habitualmente los problemas que el gobierno le encargaba resolver. Pero había un límite a su poder.

A pesar del esmero con que Driano atendía a los enfermos,
ambos no daban señales de mejoría. Ya había hecho junta de médicos y acatado la prescripción emitida por esta. En esa época ese tipo de enfermedades no tenían curación. Recién se había descubierto una medicina que solo estaba disponible en el extranjero. Driano la había hecho buscar inútilmente pero no la encontró en ningún sitio.


Se admiraba de la fe del Obispo de la ciudad que se
había convertido en parte de su familia. La angustia apretaba su pecho y golpeaba sus sienes. Nadie en este mundo podría darle la mano. Siempre descreyó de la existencia de un poder superior al suyo, pero la fe firme del obispo le abrió un camino de esperanza.
Subió a la biblioteca y se arrodillo. No sabía ninguna oración. Con un corazón sincero pidió a Jesús por la salud de su padre y su hijo. Le prometió aprender la religión católica y estar a su servicio toda la vida.
Inexplicablemente, su corazón se lleno de paz y de esperanza.

Alguien tocó la puerta. Al voltear hacia la puerta abierta vio que una mujer vestida de luto y con la cara cubierta como era la usanza de esa época.
-Dr. Cáceres, dijo la desconocida, sé que su padre y su hijo están muy enfermos, que usted busca penicilina. Yo conseguí esta para mi marido quien ya ha muerto y por lo tanto ya no la necesita.

Driano se quedó asombrado. El no había escatimado costo ni
recursos algunos para conseguir esta medicina. ¿Cómo esta señora la había podido conseguir?
Le ofreció pagarle. La señora no quiso aceptar pago alguno y mostró prisa por alejarse después de depositar en las manos de Driano la dosis suficiente para curar a los dos enfermos.

Driano comenzó a buscar en Puno, Arequipa y Lima a la misteriosa señora. Pidió a su secretario que revisara los registros de defunción y con asombro no encontró ninguna acta de defunción de un varón con las señas que la señora había dado.

Ambos enfermos fueron dados de alta, a los pocos días.

Driano consideró que ésta era una respuesta a sus plegarias. Comenzó a leer las escrituras, a escuchar con cuidado las palabras del Obispo y fiel a su palabra sirvió a Jesús hasta el final de sus días.

Maria Fischinger

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