jueves, 1 de mayo de 2008

La Adopción

Una foto del tiempo en que ocurrieron estos hechos. En la foto estan el
Dr. Adrian Cáceres Olazo, Maria y un sobrino

Marcos y Maria entraron por el enorme portón plomo que daba entrada a un callejón empedrado con piedras negras y blancas que terminaba en un patio pavimentado de la misma manera.

A la derecha del Callejón estaba el estudio del abogado Driano Cáceres.
Maria y Marcos se sentaron. Ella sollozaba silenciosamente y el semblante de Marcos denotaba una gran angustia.
Maria vestía una pollera negra, blusa blanca sobre la que llevaba un saco negro con mangas amplias recogidas en los puños. Una manta larga cubría su abundante cabellera peinada en dos sendas largas trenzas. Sobre la manta tenia puesto un sombrero negro de estilo Bombin.
Marcos vestía de un tono negro, una camisa blanca y un sombrero negro y ambos calzaban ojotas hechas de jebe de llantas de carro. Toda la vestimenta era de confección casera y denunciaba que eran comuneros o gente que vivía en ayllu, una organización heredada de los ancestros.

Cuando el Dr. Driano Cáceres salió a recibirlos, Marcos le informó que su hija Jesusa de doce años estaba en el hospital desahuciada y, que los doctores les habían dicho que lo único que quedaba era hacerle placentero los últimos días de la muchacha.


Marcos y Maria suplicaban a Driano para que recibiera a Jesusa en su casa y que él tratara de curarla.

- Recuerden que soy abogado y no médico, repitió varias veces Driano.
Marcos y María insistían en sus suplicas. Estaban desesperados, los médicos del hospital les habían explicado que la septicemia se había generalizado. La infección había destruido el funcionamiento del ojo y el oído derecho. Los pobres padres solo tenían una sola esperanza: Driano. Marcos se arrodilló ante Driano y suplicó.

- Papacituy, tú eres nuestra única esperanza.
- Uds. están esperando mucho, respondió Driano, mientras sus ojos se fueron llenando de lágrimas.
-Vamos al hospital, dijo Driano, después de dar ordenes de que se desinfectara el comedor de fiestas y se armara allí una cama.

En el hospital los médicos le dijeron a Driano que los padres se habían descuidado y era demasiado tarde, solo faltaba esperar el desenlace.
Una ambulancia trasladó a la niña a la casa de Driano.
La carita redonda y agraciada de Jesusa estaba deformada, la fiebre la hacia delirar. La pobre niña entraba y salía de la inconsciencia.
La septicemia era causa de una extracción de muela hecha por un curandero y Jesusa no haber seguido las instrucciones de no masticar sólidos por un tiempo.

Un anunció por la radio convocó una junta de médicos en la casa de Driano a la que casi todos los médicos de la ciudad de Puno asistieron. Se discutió el caso y se buscó el mejor tratamiento para salvar la vida de la niña. El médico de la familia, el Dr. Luis Torres se haría cargo del caso.
Felicitas, una de las hijas de Driano sería la enfermera ayudada por las demás hijas.
Las medicinas se le aplicaban por medio de suero.

Después de unos días la fiebre fue bajando, la infección fue controlada, pero Jesusa llevaría toda la vida las cicatrices de la terrible infección.
Marcos y María dejaron a Jesusa como sirvienta por un año en la casa de Driano, ese seria el pago por la curación. Driano le pidió a su hija Maruja que tratara de ganarse el cariño de Jesusa y que le enseñara a leer.
La tarea no fue fácil. Maruja estaba en ese momento fascinada por los Miserables de Víctor Hugo y empezó a leerlos en voz alta a Jesusa.

-Y ¿Qué es eso? - Preguntó confundida Jesusa.
La barrera del idioma se interpuso. Maruja no hablaba aymará y Jesusa hablaba muy poco el castellano.
Jesusa odiaba la luz eléctrica que según ella rompía el balance entre el día-tiempo de trabajar y la noche- tiempo de descansar y conversar.
Detestaba también la música de la radio que destruía el silencio.

- Mira como han arruinado el río, lamentó Jesusa al ver que el agua salía del caño.
Al cumplirse el año, Driano expresó a los padres de Jesusa su deseo de adoptarla pero solo si ella también lo deseaba. Jesusa se puso a llorar.
-Me siento como un ratón en una caja de fósforos. Me gusta salir al campo ver la línea del horizonte y sentir que el viento me acaricia mi rostro, solo así me siento libre como los pájaros. Ir al río y recoger agua viendo a cada instante la creación del Tata Dios.
Todo su semblante reflejaba que se sentía como un pez fuera de agua.
Jesusa regresaría a vivir con sus padres e invitó a Maruja a pasar con ellos una temporada en su casa.
El caserío de Marcos y Maria constaba de tres cuartos construidos a la usanza de sus ancestros. Carecía de agua potable y de todas las demás facilidades de la vida moderna.

-Niña Maruja, vamos a recoger agua, Jesusa invitó alegremente.
La fría amarillenta puna se extendía por el horizonte bajo un azul intenso. Se podía escuchar el canto de las aves y a lo lejos ver los picos de los andes. Un rió no muy ancho pasaba por delante del caserío y allí las dos niñas fueron a recoger agua en dos tachos de lata.

El sol era el despertador y anunciaba la comida principal por la mañana cada miembro llevaba su fiambre para el mediodía.
- Hoy llevaremos las ovejas a la pampa- anunció Jesusa, en completo control de la situación.

- Al sacar las ovejas del corral hay que contarlas, le explicó a Maruja.

Sacaron las ovejas y se dirigieron a la pampa.
Allí corrieron por entre la paja brava y buscaron dulces zancayos.

El semblante de Jesusa reflejaba seguridad y alegría.
Mirando al sol y la sombra que formaba Jesusa sentenció.
- Son las tres de la tarde y pronto tendremos que juntar las ovejas para arrearlas al corral.

La familia se volvía a reunir durante el crepúsculo. Todos se sentaban en un círculo alrededor de la manta donde Maria ponía la comida. Marcos contaba cuentos referentes a sus ancestros. Jesusa gozaba pidiendo a su padre que volviera a contar la misma historia una y otra vez.


Y la adopción fue permanente: Maruja viajó por el mundo pero una parte de su alma siempre será Aymará.

Del libro: Debajo del sol y la luna

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